Tras la publicación, hace ya unos días, de una noticia en esta Zona de Ajedrez titulada “Pekín 2008… Juegos Olímpicos… y Deportes Mentales” que daba cuenta de que en octubre de 2008, en Pekín, se celebrará el 1er. Mundial de Juegos y Deportes Mentales, en el que estará representado el Ajedrez, entre otros juegos, deportes… un asiduo usuario de Zona –según se desprende de sus propias palabras– manifiesta, a través tanto de comentarios a la propia noticia como en el Foro, su disconformidad a que el Ajedrez acuda a tal evento dado que se celebra en un país que no respeta los Derechos Humanos.
Desconozco en el preciso instante en que escribo si los responsables de Zona de Ajedrez tendrán el –dudoso– detalle de publicar este artículo o si, por el contrario, lo utilizarán para envolver un bocata –de chorizo, por supuesto–. No tengo muy claro si mi opinión puede, o no, interesarle a alguien, así que escribo con el talante irresponsable y conformista del que sabe que nunca ha hecho nada de provecho y, en cualquier caso, le van a pagar lo mismo; también, sin el más mínimo complejo ni sentimiento de culpa ya que, al que no le interese, siempre puede “zapear”, que Zona de Ajedrez tiene cosas muy interesantes.
Bien, es obvio que está en su derecho de pensar así y de así manifestarlo. Pero, a mí, el asunto… “francamente, querida, me importa un bledo”. (*)
Yo, si tuviera que elegir –sin matices e inexcusablemente– entre darle la razón o quitársela (quizás sea más adecuado decir entre estar de acuerdo o no, que nadie soy para dar o quitar razones y, en definitiva, ésta, la mía, no es sino una opinión más, encaminada a una reflexión general, en absoluto a un destinatario concreto), sin lugar a dudas –cuestión de espacio, nada más–, le daría la razón. Dicho de otro modo: supongo que, en el fondo, tiene razón, pero no voy a coger pico y pala para comprobarlo; no resbalará por mi cuerpo una gota de sudor por este tema. Puede que sea porque a estas alturas o “bajezas” de mi vida –y me importa un carajo el término que se elija– me cogen ya un poco cansado estos “cuentos”. Me han contado muchos cuentos a lo largo de mi vida, sólo que estamos ya muy creciditos para escuchar cuentos; estamos más para contarlos. La mayoría de esos cuentos empieza por “hay que…” y acaba con un “… pero que lo haga otro” y, en ellos, el inmaculado narrador enumera los vicios y pecados siempre ajenos. Yo prefiero zanjar la discusión casi antes de empezarla con un “yo no lo hago, hazlo tú si quieres”; y en cuanto a vicios y pecados, he de confesarlos todos, los conocidos y unos pocos más que me he inventado para entretenerme por el camino.
Supongo que hará extensible esta opinión en contra a todos y cada uno de los eventos, deportivos –en estos momentos se están celebrando los Juegos Olímpicos–, sociales, políticos, culturales, económicos, comerciales… ¿humanitarios? que puedan celebrarse en todos y cada uno de los países de este jodido mundo que no respeten todos y cada uno de los Derechos Humanos. Supongo que será una actitud a tomar colectiva e individualmente, esto es, por todos y cada uno de los gobiernos, organizaciones, entidades, empresas… y por el común de los mortales que respetan y/o quieren hacer respetar los Derechos Humanos (aunque, quizás, con requisito y objetivo tan estrictos haya problemas para reunir “quórum”). Bueno… no nos pongamos escrupulosos y exquisitos con la “carta” no vaya a ser que nos quedemos sin comer.
Aunque sólo sea como coartada para este artículo –no olvido que estamos en una página dedicada al Ajedrez–, lo diré de otra manera: yo, como simple peón de esta partida, no pienso moverme una casilla de donde estoy. No, mientras el “árbitro” no atienda a los movimientos de los jugadores y vele por el cumplimiento de las reglas; no, mientras “mi Rey” no se la juegue en la misma medida que yo y hasta fomente o se beneficie de la situación; no, mientras “el Rey contrario” salga siempre ileso porque a nadie le interesa buscar el jaque mate (veleidades… las justitas; quizás por “mi Dama” o por “la Dama contraria”… ¡qué le voy a hacer…! Soy un romántico empedernido).
Porque, a veces, tengo la sensación de que cuando “miramos” hacia los países asiáticos o sudamericanos (del continente africano hace tiempo que volvimos la cara) desde aquí, desde mi país, desde España, la vieja Europa se ruboriza y escandaliza por lo que ve, como si fuéramos –hubiéramos sido siempre y no corriéramos el riesgo de dejar de serlo nunca– paradigma de Democracia y modelo de sociedad civilizada. Por supuesto que, en este sentido, hemos avanzado mucho y estamos mejor que la mayoría de estos países; sin embargo, Pekín somos todos (de obra o pensamiento, por acción u por omisión pero, eso sí, cada uno ha de pagar a razón de lo que rompa, y el que quiera pagar lo mío tiene mi permiso) y, aún así, Pekín, me queda muy lejos (hace mucho tiempo que no me ocupo de mí como para ocuparme de los demás. Y si alguna vez me decidiera a ocuparme de alguien o algo que no fuera yo o lo mío, no me iría muy lejos a buscarlos, no sería necesario adentrarme en los confines de mi “gran corazón”, seguramente lo encontrara en la pequeña porción de mundo que me interesa y que no es otra que la que puedan abarcar mis brazos. Frente a las grandes Declaraciones Universales… mi modesto Manifiesto Particular).
Porque, aunque quizás nos sorprendiéramos de los pequeños actos cotidianos que inconscientemente, de manera inocente –seamos indulgentes– hacemos para contribuir con la situación, tengo para mí que –como buena novela negra que es la Historia de la Humanidad– los culpables hay que buscarlos entre los que tienen el móvil, los medios y la oportunidad. Es decir, entre los cuatro mamones que se reparten el mundo y sus “mamporreros”, los políticos profesionales de la estafa, con coche oficial y aperitivo a cargo de los presupuestos del Estado; ésos que van a resolvernos todo cuando acaben de resolver lo suyo, que corre más prisa; ésos que, cuando les pides explicaciones y responsabilidades, te espetan –sin ponerse “coloraos” ni caérseles la caradura de vergüenza–: “no me hubieras votado, bobo”.
Bueno, pues para no llevar a engaño al anónimo lector que no hubiera obtenido ya suficientes pistas sobre la clase de tipo despreciable que soy, diré que yo no voy a apadrinar a no sé que niño, ni levantar un hospital no sé donde, ni apuntarme voluntario para qué se yo, ni alistarme en más guerras que en las mías. Ya sé que esos programas de televisión supuestamente humanitarios, que esas lacrimógenas campañas en prensa y radio, que esos impactantes reportajes gráficos, etc., etc., etc. –inspirados y sufragados por “La banda de los Mamones y sus compinches” le repiten una y otra vez que, de no hacerlo, pasará de pertenecer al género humano –dudoso honor– a no ser más que el simple continente de un alma encanallada. Bueno, escúcheles con la misma atención y disposición que ellos lo hacen con Ud. Yo no tengo ningún anhelo de ser confundido con una “buena persona”; ni vivo de ello ni mi hipocresía da para tanto.
En el inimaginable supuesto de que algún esforzado lector haya llegado hasta aquí y piense que este artículo es “políticamente incorrecto”… ésa era la intención. Si los políticos son “socialmente incorrectos”, la sociedad debería ser “políticamente incorrecta”.
En fin, desengáñese, amigo, Ud. y yo somos medianos jugadores de ajedrez, nuestro ELO no alcanza para jugar esta partida.
(*) Rhett Butler (Clark Gable) a Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) en Lo que el viento se llevó
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P.D. te falto poner eso de mi patria son mis zapatos, y no digas la marca que ya se sabe quienes fabrican algunos que tan gustosamente osamos llevar.
+P.D. eso si, en tres tantas me lei lo tuyo, no se si por aburrimiento o por curiosidad o porque me gustaba.